Una sonrisa

Una sonrisa, necesito ver una sonrisa brotar de la comisura de tus labios. Con esa solea que tú tienes.

Aquella mañana de abril con las primeras gotas primaverales y un maravilloso arco iris comenzaste a narrar un hermoso relato. De esas hojas en blanco brotaron personajes de muy diferente índole. Dentro del blanco  de tus folios aparecieron unas hermosas montañas de arena, calientes como los volcanes y finas como tu piel. Las diviso porque necesito cruzarlas para poder pasar de hoja y dentro de tu narración poder seguir avanzando hasta encontrarte. Sé que estás muchas líneas más adelante y sé que te encuentras en peligro. ¿Qué como lo sé?

Resulta que tú estuviste pensando mientras tus manos tecleaban unos mensajes de apenas 140 caracteres, parecen pocos pero dan para decir mucho. Ahí fue como me entere que estabas en apuros. Ahora me encuentro en pleno desierto, corriendo grandes riesgos para poder acercarme hasta esa montaña que intentabas vencer y que esta vez te ha derrotado.

Tu debilidad en estos momentos de la lectura me resulta extraña, siempre te he considerado una mujer muy fuerte y especial, y lo sigues siendo.  Cuando comencé la aventura, apenas esto era una página en blanco, precedida por unos cuantos twists. Me encarame al puerto de Algeciras con una mochila al hombro y mi equipaje de trabajo. ¿Por que querías que en este relato fuese medico? El caso que una vez en el barco las líneas de tu relato avanzaban a mejor ritmo. Me imaginabas melancólico en la cubierta  apoyado en la barandilla del ferri, con mis pensamientos fijos en ti.

Y mi prisa era justificada, porque no sabía cómo te encontraría. De todas formas no estaba excesivamente alterado. Si fuera otra la mujer que se encontrara en tu situación me preocuparía pero de ti no, ¿Y te preguntaras por qué? Pues porque eres una mujer fuerte, decidida y con el carácter suficiente como para no dejarte vencer por nada.

Pero necesitaba llegar lo antes posible. No era cuestión de que estuvieras grave. Por eso cuando llegue a Marruecos, lo primero que hice fue buscar mis contactos habituales para que me consiguieran un buen guía y una vehículo apropiado para atravesar el desierto sin demora de posible averías o despistes del chófer.

 

Como sabes bien, esas gestiones hicieron que tu relato se detuviera en seco. Menudo desgaste para las páginas en blanco. Mientras aprovechaste el tiempo para seguir contando el transcurrir del relato por el twitter. Debe ser interesante, estoy deseando que nos incluyas en el próximo relato que sin duda discurrirá por esos mundos de los 140 caracteres. Pero centrémonos en lo que estamos haciendo. Cuando ya estaba perdiendo la paciencia, llego un todo terreno de color blanco con un chófer muy peculiar. Se trataba de un tuareg con su turbante y tradicional túnica de color azul oscuro. Me gusto la elección del conductor. Se nota que tienes información actualizada cuando redactas estas líneas y eso me reconforta, porque me siento seguro entre tus líneas. Pero vamos a mi aventura. Como veras en cuanto me dan pie me dejo llevar y me despisto perdiendo el norte. Salimos de la caótica ciudad de Marrakech, rumbo al Atlas. Aquellas montañas fascinantes siempre me han atraído y me han creado cierta indefensión. Y cuando pienso en ellas y lo que te ha podido pasar me desconsuela aun más mi temor.

Sé que te gusta escalar montañas, y por eso cuando me enteré que en esta ocasión una de ella te había derrotado no puede ni por un momento dudar en ponerme en camino. Fuiste ágil y no tardaste demasiado en coger la pluma o el teclado del ordenador y empezar a llamarme para que emprendiera la aventura.

Aquí hace calor, y yo estoy vestido con ropas claras. Me estoy asfixiando. El guía habla un francés aceptable y un español un poco mezclado con el árabe. Pero logramos entendernos. Y es cuando me ofrece una de sus túnicas, que habitualmente lleva en el maletero para pasajeros poco previsores como yo. El desierto avanza un poco más lento de lo previsto. Me acabo de enterar que has ido a comer a un restaurante y que te ha sentado mal el almuerzo. Esos imprevistos nos van a retrasar porque tu escritura va a ser más lenta. Tendré que resignarme a ello.

No tenemos problemas de abastecimiento y tampoco de víveres. En esto soy muy previsor y más en la profesión que me has encargado en esta ocasión. Un médico no puede dejarse su maletín  y aprovisionarse de los medicamentos necesarios para una posible intervención en alguna de tus articulaciones. No tengo un conocimiento exacto de cuál es exactamente tu dolencia, solo sé que es grave.

Parece que te vas recuperando de tu gastritis, eso me alivia y no demorara por más tiempo la llegada a las montañas sagrada de los tuareg. Tengo un poco de miedo por la situación en Mali y en Argelia. Tus conocimientos de tus tierras andalusíes son profundos y sabes cómo algunos de los ascendientes de los tuareg salieron de las tierras de Granada y recorrieron media África hasta vagar por el desierto del Sahara hasta llegar a la ciudad de Tombuctú.  Y ahora esa mítica ciudad está en peligro por una guerra absurda, y con ella el legado de los Kati, andalusíes que huyeron de la represión de los cristianos.

Pero mi viaje discurre con cierta normalidad, tu serenidad interior y esa paz que inspiras, se está reflejando en el viaje. No quieres excesivos controles y nos das pocos imprevistos. A lo más un pinchazo y la división de un control del ejército. Y cuando han pasado varias hojas que dejaron de estar en blanco, me encuentro con las míticas montañas del Atlas.

Necesitas descansar y desconectar de tanto trabajo. Sé que lo piensas pero que no lo escribes. Porque alguien lo hace por ti. Mientras el todoterreno no se detiene. Por fin llegamos a la primera aldea de adobe, pero también se divisan varios edificios de estilo moderno. Sin duda ese es el destino de los muchos turistas que se aventuran por estas montañas para sentir su misterio y para demostrarse a sí mismos que son capaces de vencerlas.

Es la hora de preguntar por ti, de que la escritora se convierta en uno de sus personajes. Me acerco a uno de los guías de la zona, un personaje peculiar, por que a diferencia de sus vecinos, el lleva una vestimenta más acorde con su trabajo de escalada y guía de montaña. Cuando le hablo de ti y pronuncio tu nombre, una sonrisa ilumina su rostro. No hay problema, no hay problema, insiste una y otra vez en un francés bastante bueno y en un inglés aun mejor.

Comienza a explicar que cuando estabas llegando a la cima de una de las cumbres más altas de aquellas montañas tuviste un traspiés y que a pesar de las cuerdas de seguridad te golpeaste con uno de los salientes sufriendo un golpe en la cabeza. No recordabas nada y durante días permaneciste en total desconexión con tu entorno. Buscando entre tu documentación encontraron mi teléfono y esa es la razón por la que me encuentro contigo. No escatimes folios, ahora que estamos poniendo un poco de emoción. El querer acabar la historia nada más encontrarte no me gusta. Déjame curarte y descubrir en ti a esa nueva mujer que surgió de las aguas de las playas paradisíacas.  Es verdad que esto se acaba y me vas a dejar otra vez apartado hasta que tu trabajo vuelva a dejarte margen para coger de nuevo las palabras por los cuernos y encaramarme a un nuevo relato, con nuevas aventuras llenas de tristezas o quién sabe si de alegrías. Esta aventura me ha gustado y si quieres puedes repetirla. Estaría gustoso de hacerla a tu lado.

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Acerca de elperrodegranada

Fotógrafo, periodista y escritor. Aquí quiero publicar mis relatos, algunas de mis fotografías y lo que pienso del mundo que me ha tocado vivir. El arte es literatura
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