Una sonrisa

Una sonrisa, necesito ver una sonrisa brotar de la comisura de tus labios. Con esa solea que tú tienes.

Aquella mañana de abril con las primeras gotas primaverales y un maravilloso arco iris comenzaste a narrar un hermoso relato. De esas hojas en blanco brotaron personajes de muy diferente índole. Dentro del blanco  de tus folios aparecieron unas hermosas montañas de arena, calientes como los volcanes y finas como tu piel. Las diviso porque necesito cruzarlas para poder pasar de hoja y dentro de tu narración poder seguir avanzando hasta encontrarte. Sé que estás muchas líneas más adelante y sé que te encuentras en peligro. ¿Qué como lo sé?

Resulta que tú estuviste pensando mientras tus manos tecleaban unos mensajes de apenas 140 caracteres, parecen pocos pero dan para decir mucho. Ahí fue como me entere que estabas en apuros. Ahora me encuentro en pleno desierto, corriendo grandes riesgos para poder acercarme hasta esa montaña que intentabas vencer y que esta vez te ha derrotado.

Tu debilidad en estos momentos de la lectura me resulta extraña, siempre te he considerado una mujer muy fuerte y especial, y lo sigues siendo.  Cuando comencé la aventura, apenas esto era una página en blanco, precedida por unos cuantos twists. Me encarame al puerto de Algeciras con una mochila al hombro y mi equipaje de trabajo. ¿Por que querías que en este relato fuese medico? El caso que una vez en el barco las líneas de tu relato avanzaban a mejor ritmo. Me imaginabas melancólico en la cubierta  apoyado en la barandilla del ferri, con mis pensamientos fijos en ti.

Y mi prisa era justificada, porque no sabía cómo te encontraría. De todas formas no estaba excesivamente alterado. Si fuera otra la mujer que se encontrara en tu situación me preocuparía pero de ti no, ¿Y te preguntaras por qué? Pues porque eres una mujer fuerte, decidida y con el carácter suficiente como para no dejarte vencer por nada.

Pero necesitaba llegar lo antes posible. No era cuestión de que estuvieras grave. Por eso cuando llegue a Marruecos, lo primero que hice fue buscar mis contactos habituales para que me consiguieran un buen guía y una vehículo apropiado para atravesar el desierto sin demora de posible averías o despistes del chófer.

 

Como sabes bien, esas gestiones hicieron que tu relato se detuviera en seco. Menudo desgaste para las páginas en blanco. Mientras aprovechaste el tiempo para seguir contando el transcurrir del relato por el twitter. Debe ser interesante, estoy deseando que nos incluyas en el próximo relato que sin duda discurrirá por esos mundos de los 140 caracteres. Pero centrémonos en lo que estamos haciendo. Cuando ya estaba perdiendo la paciencia, llego un todo terreno de color blanco con un chófer muy peculiar. Se trataba de un tuareg con su turbante y tradicional túnica de color azul oscuro. Me gusto la elección del conductor. Se nota que tienes información actualizada cuando redactas estas líneas y eso me reconforta, porque me siento seguro entre tus líneas. Pero vamos a mi aventura. Como veras en cuanto me dan pie me dejo llevar y me despisto perdiendo el norte. Salimos de la caótica ciudad de Marrakech, rumbo al Atlas. Aquellas montañas fascinantes siempre me han atraído y me han creado cierta indefensión. Y cuando pienso en ellas y lo que te ha podido pasar me desconsuela aun más mi temor.

Sé que te gusta escalar montañas, y por eso cuando me enteré que en esta ocasión una de ella te había derrotado no puede ni por un momento dudar en ponerme en camino. Fuiste ágil y no tardaste demasiado en coger la pluma o el teclado del ordenador y empezar a llamarme para que emprendiera la aventura.

Aquí hace calor, y yo estoy vestido con ropas claras. Me estoy asfixiando. El guía habla un francés aceptable y un español un poco mezclado con el árabe. Pero logramos entendernos. Y es cuando me ofrece una de sus túnicas, que habitualmente lleva en el maletero para pasajeros poco previsores como yo. El desierto avanza un poco más lento de lo previsto. Me acabo de enterar que has ido a comer a un restaurante y que te ha sentado mal el almuerzo. Esos imprevistos nos van a retrasar porque tu escritura va a ser más lenta. Tendré que resignarme a ello.

No tenemos problemas de abastecimiento y tampoco de víveres. En esto soy muy previsor y más en la profesión que me has encargado en esta ocasión. Un médico no puede dejarse su maletín  y aprovisionarse de los medicamentos necesarios para una posible intervención en alguna de tus articulaciones. No tengo un conocimiento exacto de cuál es exactamente tu dolencia, solo sé que es grave.

Parece que te vas recuperando de tu gastritis, eso me alivia y no demorara por más tiempo la llegada a las montañas sagrada de los tuareg. Tengo un poco de miedo por la situación en Mali y en Argelia. Tus conocimientos de tus tierras andalusíes son profundos y sabes cómo algunos de los ascendientes de los tuareg salieron de las tierras de Granada y recorrieron media África hasta vagar por el desierto del Sahara hasta llegar a la ciudad de Tombuctú.  Y ahora esa mítica ciudad está en peligro por una guerra absurda, y con ella el legado de los Kati, andalusíes que huyeron de la represión de los cristianos.

Pero mi viaje discurre con cierta normalidad, tu serenidad interior y esa paz que inspiras, se está reflejando en el viaje. No quieres excesivos controles y nos das pocos imprevistos. A lo más un pinchazo y la división de un control del ejército. Y cuando han pasado varias hojas que dejaron de estar en blanco, me encuentro con las míticas montañas del Atlas.

Necesitas descansar y desconectar de tanto trabajo. Sé que lo piensas pero que no lo escribes. Porque alguien lo hace por ti. Mientras el todoterreno no se detiene. Por fin llegamos a la primera aldea de adobe, pero también se divisan varios edificios de estilo moderno. Sin duda ese es el destino de los muchos turistas que se aventuran por estas montañas para sentir su misterio y para demostrarse a sí mismos que son capaces de vencerlas.

Es la hora de preguntar por ti, de que la escritora se convierta en uno de sus personajes. Me acerco a uno de los guías de la zona, un personaje peculiar, por que a diferencia de sus vecinos, el lleva una vestimenta más acorde con su trabajo de escalada y guía de montaña. Cuando le hablo de ti y pronuncio tu nombre, una sonrisa ilumina su rostro. No hay problema, no hay problema, insiste una y otra vez en un francés bastante bueno y en un inglés aun mejor.

Comienza a explicar que cuando estabas llegando a la cima de una de las cumbres más altas de aquellas montañas tuviste un traspiés y que a pesar de las cuerdas de seguridad te golpeaste con uno de los salientes sufriendo un golpe en la cabeza. No recordabas nada y durante días permaneciste en total desconexión con tu entorno. Buscando entre tu documentación encontraron mi teléfono y esa es la razón por la que me encuentro contigo. No escatimes folios, ahora que estamos poniendo un poco de emoción. El querer acabar la historia nada más encontrarte no me gusta. Déjame curarte y descubrir en ti a esa nueva mujer que surgió de las aguas de las playas paradisíacas.  Es verdad que esto se acaba y me vas a dejar otra vez apartado hasta que tu trabajo vuelva a dejarte margen para coger de nuevo las palabras por los cuernos y encaramarme a un nuevo relato, con nuevas aventuras llenas de tristezas o quién sabe si de alegrías. Esta aventura me ha gustado y si quieres puedes repetirla. Estaría gustoso de hacerla a tu lado.

Publicado en Relatos cortos | Deja un comentario

Amistad

Me encuentro en un andén desvencijado y mal iluminado, en una pequeña estación de autobús, esperándola a ella. Hacía muchos años que la había visto por última vez. Recordaba aquellos juegos, cuando de críos correteábamos por las acequias de los alrededores y nos bañábamos  juntos en el riachuelo al igual que otros niños de nuestra edad.

Ahora era diferente y me encontraba en aquella estación esperando un autobús que la trajera para poder recordar con ella aquellos maravillosos años de nuestra adolescencia.

No podía recordar cuándo fue la última vez que la vi. Quizás fue en algún lugar de nuestra mocedad o quizás no. Solo recuerdo que un día fui a buscarla y su casa se encontraba cerrada y vacía. No me dijeron nada y tampoco quise preguntar.  Pero el pueblo fue perdiendo mucha de su alegría desde su partida.

Habían abandonado la villa muchos vecinos antes que ella. Pero ahora pasados los años, algunos volvían y atraían a otros muchos con el turismo rural. Parecía como si de pronto el pueblo renaciera de sus cenizas.

Pero siempre me encontré solo.  La necesitaba a ella como se necesita la vida cada mañana. Fue mi gran amiga y siempre habíamos vivido aventuras juntos. Aquellas aventuras que quizás ahora me parecen cosas de niños, en aquellos años eran parte importante de mi vida.

En los años setenta no teníamos televisión, ni cine y las pocas cosas divertidas las teníamos que inventar nosotros. Qué tiempos aquellos en los que con un poco de imaginación hacíamos cualquier juguete y volábamos a mundos imaginarios, donde nosotros, los chavales del pueblo, éramos los únicos héroes de nuestras aventuras.

 Ahora en cambio, llegó Internet al pueblo y poco queda  de aquellos juegos infantiles. Pero éramos felices y ahora al cabo del tiempo, cuando ya con treinta años lo recuerdo con un poco de añoranza, lo cual viene a cubrir un poco mi memoria.

 Pero me encuentro ahora aquí, en esta estación de autobuses, esperando a que aparezca. La vea, la sonría y ella me devuelva aquel beso de amistad que tanto he estado esperando.

Mi queridísima amiga, ella que la última vez que hable por teléfono me dijo que tenía un hijo de cinco años y que se había separado de su marido, un hombre que había hecho fortuna en la era de Internet, pero que no la había hecho muy feliz. Según me dijo aquel puntocom lo había trasformado y producido cambios considerables, habiendo llegado a olvidarse de ella casi por completo.

 Pero ahora la estoy esperando en aquella destartalada estación con la esperanza de un muchacho en recuperar aquellos años de juegos, de primeras caricias, de descubrimientos mozos que sigo añorando desde el día en que se fue.

 El pueblo se fue quedando solo. La radio lo inundaba todo y los pocos vecinos que permanecimos aquí, tuvimos un poco mas de soledad.

 Recuerdo el día en que Franco murió. Como el pueblo se lleno de rumores y voces que clamaban entre sollozos por un luto venidero. Yo tan solo contaba quince años y hacia más de seis meses que ella se había marchado. Aquel día las campanas no dejaron de repiquetear y a cada paso que daba veía a las mujeres llorar por las calles como si de verdad se hubiera muerto algún vecino. Qué tiempos aquellos en los que la dictadura lo gobernaba todo y nada podíamos decir en su contra. Por supuesto aquel día no tuvimos colegio y tuvimos que desfilar por la iglesia en señal de duelo durante toda la jornada. Recuerdo haber oído la radio, siempre estaba puesta radio nacional y sus partes informativos, añoranza de los partes de guerra de la injusta guerra civil. Aquel día oí mucha música clásica y comencé a sacarle el gusto a aquella música que al principio no entendía pero que ahora me relaja y me consuela, quizás reminiscencia de la libertad conseguida con ella pues anunciaba el fin de la injusticia.

 La escuela cerro de una forma definitiva a los pocos meses y mis estudios de bachillerato se vieron interrumpidos súbitamente. Perdí todo el curso escolar pues en mil novecientos setenta y nueve ya con la democracia y con una constitución que habíamos votado en el pueblo, las cosas no funcionaban muy bien. Hasta el curso siguiente  no pude ir a mi nuevo instituto.

 Recuerdo con gracia como tardaba más de una hora en llegar a mi nueva escuela y como los compañeros  me miraban extrañados, como si fuera un bicho raro. Me hablaban de unas series de dibujos que echaban por la única televisión española, de unos guerreros y de muchas cosas más que yo no conocía. Mi pequeño mundo era más cercano y estrecho.

 Ahora lo recuerdo con  gracia sobre todo cuando estoy mirando la pantalla del ordenador  y puedo navegar a cualquier lugar del mundo.

 Pero antes no teníamos nada y lo poco que llegaba era a través de la radio. La democracia llegó en forma de unos carteles rojos y blancos que se fueron pegando en algunas paredes de la estropeada casa de adobe del pueblo. Recuerdo aquellos símbolos y aquellas figuras que mirándome de soslayo me daban miedo. Y las primeras elecciones a las cuales no pude votar y el revuelo que se formó desde muy pronto con unos pocos vecinos esperando en fila para poder dejar un trozo de papel dentro de una caja. A mí me pareció muy extraño y casi me produjo risa aquella manía de los adultos en hacer ese ejercicio inútil de meter papelitos dentro de una urna. Ahora con el tiempo sonrió y me sonrojo de aquellos pensamientos.

 Ahora me encuentro en esta desvencijada estación de autobuses esperándola a ella. Es tarde y no viene. Sigo esperándola como único camino hacia la felicidad. Hace tiempo que me prometió que vendría a conocer mi hotelito. Un pequeño torreón que abandonado por el paso del tiempo que había a la salida del pueblo y que por cuatro duros me arrendaron y yo con todo el tiempo que me quedaba libre fui restaurando. Ahora       que lo pienso y lo veo, me parece que mereció la pena todo aquel esfuerzo. Con pocas habitaciones pero muy bien decoradas, está lleno todo el año. Y el pueblo ha podido recobrar ese poquito de gracia que tuvo cuando nosotros éramos chavales.

 Además con la llegada del turismo hemos restaurado las casas y ahora parece como si el paso del tiempo no hubiera pasado por él. Recuerdo las calles llenas de chicos corriendo, los domingos y la misa de las doce. También la recuerdo a ella vestida con aquel traje azul marino que la obligaban a colocarse para asistir a la misa dominical. Estaba realmente preciosa. Parecía la heroína de mis fantasías.

 Pero ahora me encuentro en la estación de autobús, esperándola a ella. En una noche como esta, en la que los recuerdos fluyen por mi mente, me encuentro un tanto melancólico queriendo recuperar parte de aquellas vivencias. Miro el reloj y sigo, son más de las tres de la mañana y en la oscuridad de esta estación comienzo a desesperarme. Tenía que haber llegado ya hace media hora y todavía sigo esperándola.

 El ruido de un motor se intuye a lo lejos, es como el leve sonido un mosquito que poco a poco se va haciendo más grande. Por fin veo un moderno autobús de línea que se detiene frente a mí en el único andén de esta desvencijada estación de autobús. Espero, miro nervioso a las pocas personas que bajan las tres escaleras. Y por fin la veo, es ella y no viene sola. Mi sonrisa es grande y esperanzada. No ha pasado el tiempo por ella.

-Hola cuanto tiempo. Estas igual que cuando te fuiste. Y este chavalote debe ser tu hijo. –La observaba con cariño deseando que ella sintiera lo mismo.

-Tu tampoco estas muy cambiado. Quería que mi hijo conociera este lugar. Le he hablado tantas veces de el que ya debe conocerlo.

 Nos fundimos en un abrazo, tantos años de espera resumidos en aquellos segundos de pasión. Y por fin me beso en las mejillas. Aquel beso significaba tanto para mí que casi no pude reaccionar.

 -Deberíamos recoger las maletas o el autobús se marchara con ellas. Una leve sonrisa brotó de sus labios.

 -Tienes razón.

Fuimos andando por la única calle que había en el pueblo. No era muy largo el trayecto hasta el torreón. El poblado no había cambiado mucho y ella lo recordaba como si fuese ayer que corriera por sus calles mientras yo la perseguía. Qué tiempos aquellos en los que yo correteaba detrás de ella y nunca la alcanzaba. Y ahora ella estaba allí, delante de mi hotelito. Un bello torreón de estilo medieval con más de veinte habitaciones y un restaurante más que aceptable.

 

Ahora las distancias son más cortas y mi restaurante está bastante concurrido. Muchas personas han venido solo para probar la comida. Pero ahora estaba solo para ella. En la puerta una exclamación de sorpresa broto de sus labios.

-Muy bonito. No me imaginaba que fuera tan espléndido. Es precioso. ¿Puedo entrar?

-Claro, esta es tu casa.

Y le abrí la puerta para que su sonrisa impregnara todo su interior. Para que lo iluminara y le diera luz.

Publicado en Relatos cortos | Deja un comentario

YO YA VOY OLVIDANDO

Te escribo, desde lo más hondo de mi corazón. Estoy recordando los momentos alegres y tristes que rodearon nuestra relación. Ahora que quiero volver a intentarlo, no puedo ir contigo. Estoy atrapado en mi conciencia y no logro liberarme. Mi cuerpo no me responde. Veo, oigo mucho ruido a mí alrededor.

Recuerdo está noche haberme ido pronto a pesar de ser fin de semana. Estaba disgustado por una discusión del día anterior. Típica de las parejas que dejan que su relación sea monótona y aburrida. Ahora que te escribo estas letras me avergüenzo de ello y siento deseos de volver para abrazarte y pedirte perdón por lo ocurrido.

Mi cuerpo no me responde, no me permite levantarme. Estoy atrapado en una jaula que son mis huesos. No puedo romper sus barrotes para salir corriendo a tu encuentro. Cómo explicarte con palabras lo que siento. ¿Permaneceré mucho tiempo dentro de esta prisión que me oprime y me agobia, obligando a recordar esos momentos contigo que hacen que mi corazón se encoja de dolor?. Si pudiera volver atrás. No salir disgustado, haberte comprendido. Quizás un beso nos hubiera reconciliado. No lo hubo y mi remordimiento ya no podía remediarlo.

Sigo oyendo sirenas a lo lejos, cada vez más cerca. Tengo frío, te recuerdo y tengo frío. Mi cuerpo inmóvil tirita. Si pudiera volver a empezar a comprender que marchándome no iba a arreglar las cosas. Te perdería para siempre, te pierdo para siempre y ahora que intento moverme, creo que ya no volveré a verte.

Las sirenas se acercan y mis oídos pitan con tanto ruido. ¿Podrían bajar el sonido? Grito sin que nadie me escuche. Mi voz no suena. Estoy mudo, mientras observo como los bomberos intentan liberar mi cuerpo. Un sanitario me toma el pulso, lo vuelve a intentar pero lo deja al comprobar que no lo encuentra. Vuelvo a gritar que estoy vivo, que quiero salir de allí, para encontrarme contigo, para pedirte perdón y volver a quererte. Deseaba hacerlo, pero mi cuerpo no me lo permite.

El sanitario se aleja de mí, mientras los bomberos cortan los barrotes de aluminio que me aprisionan. Llevo ya una hora suplicando salir, pero sigo dentro de mi cuerpo, en una jaula de piel y huesos. Sigo recordando y ante mis ojos aparece el día que te conocí. Estabas frente a mí, en aquel restaurante de comida vegetariana. No sabía nada de ti, solo vi tu mirada cruzarse con la mía y un estallido químico ilumino el restaurante. Ya no podía olvidarte, habías secuestrado mi corazón dentro de tus pupilas. Me acerqué, no podía irme sin decirte algo. Solo pude decir hola… parecía hasta tonto pero tu sonrisa me cautivó.

Pasaban ante mí aquellas imágenes de nuestra vida, mientras yo seguía allí preso de aquellos hierros. Notaba vibrar mi cuerpo. Un ruido ensordecedor retumbaba en mis oídos, mientras seguía pasando tu vida junto a mí. Intentaba llorar y mis ojos no respondían, también hacerlo con mi boca y gritar te quiero. Nada correspondía con mis deseos. Volví a recordar aquél momento, aquella habitación, aquella cocina. Y tú preparándome unos espaguetis de maíz. La salsa de tomate y el aroma de la albahaca volvían a recorrer mi nariz. Olía aquella salsa con un toque de mozzarella y una pizca de pimienta. Pero lo estropeé todo. Fui un inconsciente y dije la frase que me llevaría a mi prisión. -No has escurrido bien los espaguetis y no has destapado la olla, no saldrán crujientes….. Qué estupidez viéndolo ahora en el tiempo.

No valoré tu trabajo, y dejé que nuestro amor y nuestra vida se destruyeran por la simple consistencia de una pasta de maíz. Ahora recordaba tu enfado, sin decir nada dejaste  la cuchara de madera y te marchaste de la cocina sin dirigirme la palabra. No supe pedir perdón y me enfade aun más. Cogí las llaves y abandoné la casa sin rumbo fijo.

Ahora que mis recuerdos no pueden ser más reales, me avergüenzo e intento volver a quererte. Quizás esta carta no pueda mandarla porque mis brazos ni me responden, tampoco mis dedos, antaño parte esencial de mi trabajo, se movían. Tanta quietud, me estaba volviendo loco. Los bomberos por fin terminaron su trabajo.

¿Cuánto tiempo había estado encerrado? No podía saberlo, para mí era una eternidad. Ahora pensaba que me liberarían de aquella cárcel y por fin  podría remediar tanto desprecio. Había traicionado tu amor. Había derrotado tu confianza y mis errores habían convertido tu vida y la mía en un sin vivir. Ahora que no podía remediarlo me avergonzaba de ello. Ya era tarde.

Cuando sacaron mi cuerpo, no noté nada. Una desilusión recorrió mi corazón. Seguía inmóvil en la misma posición mientras mi cuerpo abandonaba el vehículo. Las puertas estaban partidas por el golpe. El motor ni siquiera había permanecido en su sitio y un amasijo de hierros había sido doblado para liberarme. Aun así permanecía dentro. No podía moverme.

¿Cuánto tiempo llevo dentro de este coche? No lo sabía pero mi corazón atormentado seguía en la misma posición de tristeza. Quería volver atrás y asumir mis errores, el daño que te infligí. Este tormento lo tengo merecido por no respetarte y saber valorar lo mucho que me amabas, tanto como para permitirme hacerte daño.

Ahora estaba en un descampado, sólo de vez en cuando siento gente que pasa a mi lado. Nadie se detiene ante este amasijo de hierros y yo, en mi desesperación intento gritar sin resultados.

Aquél cementerio de coches es mi destino. Aprendí tarde lo que es el amor. Y lo mucho que te quería sin saberlo. También supe todo el daño que te había hecho. No me perdones por qué no lo merezco. Nadie merece ser perdonado. Mi cárcel en aquél cementerio es tu respuesta al amor despreciado por mí. Vive tu vida…yo ya voy olvidando

 

Publicado en Relatos cortos | Deja un comentario

CARTA A MANHATTAN

Estoy viéndote a lo lejos. Quiero contarte como mi visión se interrumpe por el paso de los coches. Te distingo en aquella tienda de ropa para niños. Tu sonrisa no puedo olvidarla y cada vez que me despierto por las mañanas para ir al centro de Manhattan a trabajar de bróker, te tengo en mi menoría. Por eso a la hora del almuerzo que se que la tienda aun está abierta, me acerco hasta la calle 57 y miro; algunas veces desde lejos, otras paso varias veces por la acera para observarte; por eso te escribo estas líneas.

Mi mujer no sospecha nada, está demasiado atareada con sus reuniones de amigas. Aquellas señoronas de las afueras, las mujeres de mis jefes. Ella sabe cómo mantener las relaciones sociales por mí. Yo no las soporto y desde que por casualidad te vi no puedo pegar ojo por las noches. Necesito narrarlo, quiero dejarlo todo, irme contigo a vivir una nueva vida y dar un vuelco a mi corazón.

Si fueran tan fácil la vida como los deseos, hacía tiempo toda habría cambiado. Pero no, nunca lograré cumplirlos. Por eso cada mañana aparco el coche unas manzanas más lejos y voy andando hasta mi oficina, solo por observar tu sonrisa y tus ojos mientras vendes unos pantaloncitos o unos bodis a tus clientas jóvenes.

Cuantos sueños rotos y oportunidades perdidas, cuantos malentendidos en mi vida, cuantas negaciones. Cada vez que rememoro mis recuerdos infantiles con mis hermanos, un halo de tristeza recorre mis mejillas. Como cuando me obligaban a jugar a la pelota y a construir torreones o simplemente a cargar o descargar camiones de arena en la playa cercana a mi casa en Florida. Mis padres eran muy conservadores como la sociedad de los años 70. Años de guerras y desalientos políticos. Mientras yo en mi niñez seguía añorando una vida más tranquila y sencilla, fuera de toda esa violencia.

Pasaron los años, y en el instituto seguí con algún problema pero decidí seguir negándome y como me había enseñado la sociedad, me uní a la pandilla del instituto Rainbow. Con ellos empecé a salir con chicas, algunas bastante graciosillas pero nada fuera de lo normal.

Como no destacaba en ningún deporte, conseguí una beca para la universidad con un trabajo de ciencias. Me apasionaban sobre todo las matemáticas. ¿Te gustan las matemáticas? Ya en la universidad de Harvard coincidí con Clarease. Consiguió enamorarme por mi deseo de sentar la cabeza y empezar a dejar de pensar en esas cosas. Seguía negándome, ahora que te conozco no sé porque lo hacía, miedo quizás… No hemos llegado a tener hijos, será por las pocas veces que hemos sentido la pasión. Y ya hace casi diez años de nuestro matrimonio civil. Fue una ceremonia muy sencilla pero con muchos invitados. Sobre todo les hizo mucha ilusión a mis padres que por fin vieron cumplido unos de sus deseos sobre mí.

Por eso cada vez que te observo desde la otra acera, me entran unos deseos enormes de entrar por la puerta de aquel establecimiento y acercarme a hablar contigo. Tus movimientos me perturban, tu cabello castaño y tus pupilas me hacen soñar con lugares lejanos y sentimientos cercanos.

Con mi mujer siempre hemos sido bastante convencionales, en las reuniones de empresa pareceremos muy melosos y agarrados de la mano. Somos muy comedidos pero aparentamos ser una pareja perfecta a la vista de la sociedad y de nuestros vecinos.

Una ciudad como Nueva York, donde suceden tantas cosas, me hace soñar con que quizá yo también pueda cambiar mi vida.

Algunas veces he intentado imaginarme que me tropezaba contigo en algunas de las entradas del metropolitano, en alguna de las aglomeraciones de neoyorquinos. Y en ese choque fortuito puedo por fin aspirar tu frescura y tu aroma. Un olor que añoro y deseo.

No puedo seguir negándome, necesito verte más cerca, dejar la farsa de mi matrimonio y abandonar mi anodino trabajo en la bolsa y huir contigo a Los Ángeles y perdernos en sus playas hasta que nuestros cuerpos se fundan en uno solo de pasión y fuego.

Pasaron varias semanas en las que no podía comer y dormía muy irregularmente.

Estaba desesperándome y perdiendo el deseo de vivir. Necesitaba escribirlo porque Clarease estaba empezando asustarse, no entendía lo que me pasaba. Quería que fuera a visitar al médico de la familia, pero yo seguía dando escusas para no tener que asistir.

Una mañana decidí que no podía seguir en esta situación, pero eso ya lo sabes. Debería tomar una decisión, o mi vida se derretiría poco a poco hasta que mi cuerpo se consumiese. Entonces sucedió. Me levante con la fuerza necesaria para acercarme hasta la tienda y preguntar por unas de esas diminutas prendas que vendías. Tarde en decidirme a entrar pero al final lo hice. No sabía tu nombre hasta que por fin lo leí en el cartel que llevabas en tu americana. Anthony dije sin pensar, y tú me miraste. Tu barba sin afeitar me enloqueció aun más que tus ojos y tu masculinidad llego a sonrojarme. Estuve un rato dubitativo hasta que tú me hablaste, tus palabras graves pero delicadas surtieron el efecto contrario y me dieron las fuerzas necesarias para contarte mis deseos. Claro que frente a una taza de té verde de jazmín. Había observado que te gustaban los placeres orientales y conocía tu placer por el té japonés. El futuro había abierto sus ventanas frente a mi vida y estaba decidido a cruzarlo contigo y a salir de mi escondrijo y de mis temores. Quería dejar de negarme y aceptarme tal cual soy. Vivir una nueva vida junto a ti, lejos de mi triste vida anterior. Por eso estas líneas significan tanto para mi, te sigo buscando, mi deseo de encontrarte es tan fuerte que quizás estas líneas sirvan para lograrlo. No puedo seguir queriendo a Clarease, pero tampoco puedo abandonarla por un ser irreal. Seguro que lo entiendes, mientras tanto, Anthony seguirás viviendo en mis recuerdos. Nueva York es frio en invierno, como mi matrimonio. Quizás te encuentre en la siguiente manzana. Te sigo buscando Anthony.

 

Publicado en Relatos cortos | 1 Comentario

COMPRENDIO AHORA

Con sólo dos años ya parecía conocer todo acerca de esa ciudad. Aquella mañana, en su ático de  Madrid, en un día gris, el cielo encapotado sobre los tejados de la urbe, con el ánimo  entrecortado, podía recordar cómo se había producido todo aquel suceso.

Efectivamente habían pasado dos años desde aquel terrible crimen en la Basilique du Sacré Coeur en la place du Paris du Sacré Coeur en París. Hacía mucho que había abandonado la capital francesa, pero seguía sin poder olvidarlo. Había sido algo extraño, muy sorprendente,  comprendió.

Recordaba haber vuelto a París con ella. Las calles empedradas, sus tacones sacándoles notas a los adoquines de las rues. Las fachadas que nos observan, las ventanas que nos miran y sonríen, el sol, la primavera, pero sobre todo tú.

Ahora estas aquí de nuevo sobre esta Villa de felices recuerdos. Nada de lo que viviste pudiste olvidarlo, aquí estas de nuevo para recordarlo, comprendió ahora. Los cafés, los bulevares, los árboles, el metropolitano, hasta los coches se acuerdan de  tu espíritu.

Pero ahora sólo recordaba aquel suceso, como lo  habían publicado los diarios del día. Aquella mañana, comprendió ahora, había aparecido el cuerpo desvestido y salvajemente mutilado de un hombre blanco, moreno y de mediana estatura con zapatos, sobre las escalinatas de la Basilique du Sacré Coeur. Aquellas escaleras de piedras blancas estaban ahora teñidas de bermellón, de un rojo triste y obsoleto.

Allí se había producido un crimen horrendo, que impacto gravemente a las fuerzas vivas  de la Villa de París. Comprendió en aquel momento, por qué fueron publicados titulares tan singulares en los tabloides parisinos: “CRIMEN EN EL SACRÉ COEUR” dijo el  matutino “Le Monde”,  “SACRILEGIO SOBRE LAS ESCALINATAS DE LA BASILICA DEL PUEBLO”, sentenció “Le Matin”.  “Liberación” habló de crimen satánico, pero sin dar más explicaciones.

Ahora, al cabo de dos años de aquel brutal crimen, necesitaba desesperadamente entender cuáles fueron las razones del mismo,  más si cabe, saber quien había sido la víctima y por qué lo habían asesinado en aquellas circunstancias, comprendió ahora.

Expectante se acercó hasta  el Instituto Francés de Madrid, muy amablemente solicitó a una empleada  que le indicara la sala de la hemeroteca. Allí podría releer varios de aquellos artículos sobre aquel pavoroso crimen.

Según iba leyendo, comprendió ahora, el cuerpo apareció con tres puñaladas asertadas desde una distancia muy cercana. Una de las cuales le partió la arteria femoral, produciendo el encharcamiento de los pulmones y la muerte instantánea.

Comprendió ahora  que aquel crimen no había sido resuelto. El expediente se había disuelto en las manos de los comisarios de policía y  el cadáver fue incinerado con autorización del juez, sin ofrecer ninguna explicación.

La tez blanca de su rostro se iluminó al descubrir quién era la víctima.  Cerró el diario de un golpe seco y salió corriendo como una exhalación del Instituto Francés. Corrió sin rumbo durante mucho tiempo hasta que alcanzó a comprender, y se marchó a casa para meditar.

En la soledad de su estudio, con la luz a medio gas, comenzó a extraer documentos. Los tenía todos: el pasaporte, el documento de identificación, el carnet de conducir, etc. Los colocó sobre la mesa y comenzó a hojearlos, pero se dio cuenta que ninguno correspondía con su propio rostro. Misteriosamente las fotos habían cambiado. Horrorizado buscó alguna otra fotografía, pero era inútil, no era la persona que figuraba en la misma. Se puso triste y muy preocupado. Tuvo la idea de mirarse en el espejo del salón, pero no se atrevía a hacerlo, sentía miedo  de su propio rostro. No había duda, era él, no había cambiado. Pero entonces, ¿quién era el hombre de las fotos?

Su nombre figuraba en todos los documentos,  también tenía las llaves de aquel apartamento  y reconocía como suyos los muebles y demás objetos de aquel piso, pero no era el mismo. Comprendió ahora que algo le indicaba  que  no era el mismo ático. ¿Qué había pasado?

Él estaba vivo, de eso no podía haber duda, comprendió ahora. Hace dos  años en París había estado  de vacaciones, y pasó doce maravillosos días en el hotel de la Rue Montmatré con ella, cerca de los inválidos. Coincidió  allí en esa fecha, comprendió ahora, con el asesinato de aquel hombre. Las fotos de los periódicos indicaban un rostro y su correspondiente nombre, Jean Philippe Toré. Pero el nombre no concernía con su rostro. ¿Qué estaba pasando?

Su agonía creció cuando decidió salir a tomar un café en el restaurante de la esquina de su calle. Saludo muy amablemente al camarero que le atendía todas las mañanas cuando le servía aquel maravilloso croissant que le recordaba las pequeñas delicias parisinas que había degustado en la cama con ella. Pero aquel día el camarero no lo reconoció, incluso, comprendió ahora, se limitó a observarle como a un nuevo cliente que aparecía por primera vez por su establecimiento.

Comprendió ahora que su única salvación era encontrarla. Tenía que saber su paradero, dar con  la mujer. Durante unos instantes dudó, no estaba seguro por donde buscarla. Hizo varias llamadas de teléfono, pero no consiguió ningún resultado. Los supuestos amigos no le reconocían, incluso se molestaban con sus preguntas y le colgaban. Intentó sin ningún éxito insistir en llamar a algunos conocidos pero los resultados fueron los mismos. Por último intentó probar suerte en su lugar de trabajo. Allí seguro que la encuentro, comprendió.

Comprendió ahora que no era así, sus esfuerzos se tornaban inútiles, no conseguía encontrarla.

Sus posibilidades cada vez eran menores. Notaba que se cansaba, su cuerpo se volvía pesado por momentos y se convertía en un lastre. Comprendió ahora que estaba envejeciendo, a  un ritmo de diez años por hora. Para asegurarse comprobó la hora, el día  y el año en que se  encontraba. Comprendió que seguía siendo el mismo.

A este ritmo no duraría mucho, dentro de cuatro horas tendría el cuerpo de un anciano de ochenta años y seguramente moriría de una arritmia cardiaca o de un soplo al corazón. Tenía que actuar deprisa, su vida corría serio peligro.

Ahora  dejo de comprender, estaba  dudando. ¿Qué me pasa? Todo lo que había comprendido dejó de tener sentido. Se encontraba ante una disyuntiva. Si ya estaba muerto desde  hace dos años en aquel apartamento de aquella ciudad en aquel año. ¿Qué hacía aquí? No encontraba respuesta lógica y eso lo atormentaba aún todavía más.

Su camisa de color azul estaba muy arrugada. Desabrochada y empapada. De su cuerpo brotaban gotas de sudor frío. Pasaron dos horas más y seguía nervioso, más si cabe ante el inevitable final. Muy nervioso, no paraba de deambular, Comprendió ahora que su final estaba cerca, muy cansado dejó de moverse y se reclinó en el único sofá del salón. Allí esperaría la muerte.

Mientras tanto pasó a recordar su vida. La recordaba a ella, la añoraba, la amaba. Como le gustaría que se encontrase allí en aquel momento con él. Sería feliz con solo ver su rostro dulce y refinado, como la última imagen de su vida.

Quedaban cinco minutos para que el límite de las cuatro horas acabase con su frágil cuerpo de anciano. Todo él era un puro tembleque.

Comprendió ahora que había muerto. Observó su cuerpo inerte reposado en aquella poltrona. Se encontraba suspendido en un espacio poco definido e indeterminado. Se sentía grácil, muy ligero pero a la vez fuerte como un roble. Podía moverse pero no sabía cuáles eran sus límites, no poseía cuerpo.

Aquella mañana se despertó de un sobresalto, las sabanas estaban mojadas, su rostro desencajado. Corrió despavorido hacia el espejo del dormitorio. No se atrevía a otear, estaba nervioso y aterrado. Cuando por fin se atrevió a mirarse en el espejo, vio su tez morena y enjuta. Soltó un suave suspiro. Estaba tranquilo. De la cocina una voz femenina se interesó por su estado. Ella pensaba que estaba enfermo y que tenía fiebre. Descansó al comprobar que ella se encontraba allí.

Fdo. : Jean Philippe Toré

París – Madrid 30 de Noviembre de 2011

Publicado en Relatos cortos | Deja un comentario

En el centro de la ciudad

Como cada día salías de trabajar casi con el crepúsculo, pero aquella noche no sabías como se hizo tan tarde. Estabas cansada y no querías ir andando hasta  tu pequeño apartamento, en un lujoso barrio del centro de la ciudad.

La oficina donde trabajas está ya cerrada. Una profunda soledad se palpa en el ambiente. Miraste a un lado después al otro y seguías sin ver a nadie. Aunque eran ya las cuatro de la madrugada, todavía pensabas encontrar a alguna persona, pero estabas equivocada. Estabas fatigada, seguías allí de pie, presa del abatimiento, derrotada, después trabajar todo el día rodeada de cientos de papeles y programas de ordenador.  Una persona como tú, tan sensual, pero a la vez curiosa y vital, no podía sentirse mal en situaciones de pánico.

Pero ahora eres tú la que estabas allí aprisionada, sin saber cómo reaccionar. Por primera vez en tu vida tuviste miedo mientras tú y tus piernas se movían. Avanzaste por las empedradas calles del barrio económico de la ciudad.

La empresa en la que trabajabas tenía mucho éxito y tú eras parte importante de ese triunfo, cada vez te reconocían más tus méritos y tus dotes de mando. Eras una mujer en un mundo de hombre, pero tu sabias como actuar y ganarles el partido a tus competidores. Los índices económicos te avalaban y tú no dejabas de recibir felicitaciones por parte del consejo de administración.

Pero ahora avanzabas, no sabias muy bien si deprisa o despacio. Querías llegar a un lugar concurrido, donde refugiarte de todos tus temores. Tus tacones sonaban dando sensación de que alguien te seguía. Tu cuerpo de mediana estatura, bien constituido y en forma por el ejercicio físico al que le sometías todas las semanas, en la piscina que tenias al lado de la oficina. Tu cabello muy bien cuidado, estaba un poco revuelto por la brisa que corría. Tus ojos saltones, de color pardo, estaban expectantes. Nunca antes habías sentido un miedo semejante. No sabias muy bien a qué se debía, muchas veces antes ya habías salido tarde de la oficina y habías transitado sola por estas calles de Serrano. Pero ahora te parecía diferente.

De repente te paraste. Un escalofrío rondo por tu fino rostro, quedando momentáneamente trasfigurado. Te acercaste a una de las paredes y allí intentaste pasar inadvertida. La soledad de la calle Gurtubay era manifiesta, quizá demasiado, ni una ventana encendida, ni un coche avanzando, ni un triste animalito rondando las noches de Madrid. Te serenaste y volviste a avanzar.

Poco a poco cogiste otra vez el ritmo que habías logrado un instante antes. Tu mente daba vueltas al suceso vivido. Te debatías entre lo malo o lo desconocido. Tú estabas allí, en aquella calle sola con todos tus temores rondándote. Llegaste a una bifurcación y allí detenida de nuevo, volviste a extrañar tu pasado. Los días anteriores donde todo era felicidad.

De pronto te desvaneciste, en la oscuridad de la vía, tu cuerpo como un muñeco de trapo, calló a la fría avenida empedrada con doseles de piedra de la calle de Jorge Juan. Tu cabeza, como un golpe seco, resonó en toda la travesía. Pero nadie lo oyó, o eso creíste tú. Porque ya no volviste a sentir nada. Todo se hizo borroso en tu cerebro. Te desvaneciste.

Viste como el coche avanzaba a una considerable velocidad mientras tú lo conducías. Estabas a gusto al volante de aquel vehículo. Hacía poco, eras la clásica empleada de una empresa de representación. Te dedicabas a llevar el departamento de ventas y tu trabajo aunque no era muy divertido te hacia llevar un buen ritmo de vida. Pero esa monotonía te estaba carcomiendo y como eras curiosa por naturaleza, necesitabas algo más en tu vida.

No estabas segura de poder hacerlo, pero tenías que intentarlo. Y a si fue como distes el gran salto de una ejecutiva a espía de altos vuelos para el gobierno de la nación. Aunque nadie lo sabría nunca, de ti dependía gran parte de los asuntos de este país. Pero eso claro nunca te lo agradecería nadie. Para tu familia tú seguirías siendo una ejecutiva y para tus amigos la misma mujer de antes. Aunque poco habías cambiado, algo si se notaba, te habías convertido en una mujer fatal, en una devoradora de situaciones irresolubles. Pero para el resto del mundo conocido seguías siendo la misma y eso era más difícil de sobrellevar.

Todos los días había que buscarse excusas ante la nueva situación. Y las cenas, y las reuniones, todo se hacía más complicado. No podías dejar que nada se te fuera de las manos, pues el más mínimo detalle podía desvelar tu verdadera identidad.

Por eso, esa mañana en la que te despertases  un poco somnolienta y decidiste coger el coche, estabas decidida a poner un poco de orden en tu vida. Todo lo que veías te turbaba, no sabías que era lo real y que lo fantástico. Tenías dos visiones de la vida.

De pronto aquel hombre te miraba con dulzura, como si te hubiera visto antes; tú allí recostada e inconsciente  permanecías impasible a su mirada. Fue rápido y sin darte tiempo a reaccionar. Te sacó de tu coche, un modelo pequeño y de poca cilindrada. El choque había sido en un lugar muy apartado y muy mal iluminado. Cuando despertaste, estabas distraída, no sabías que hora era, ni que día, ni cual era tu verdadera vida. No tenías constancia de nada. ¿Qué era lo que te estaba pasando?

-¿Dónde estoy? –Nadie te contestó, pero comprendiste que aquellas no eran tus sabanas, esta no era tu cama. Permaneciste un rato recostada, cubierta por unas finas sabanas de seda, apenas vestida por la misma lencería que te habías puesto la mañana anterior.

-Quiero moverme. –Pero no pudiste, te dolía la cabeza. Era como un proyectil a punto de explotar. No podías moverla, no querías.

Una voz a lo lejos te preguntó algo, pero no llegaste a entenderlo. ¿Qué quería, quien era?

Te volvió a preguntar, pero tú volviste a escucharlo entrecortado y sin sentido. Intentaste acomodarte pero era inútil. Todavía te dolía.

Otra vez aquella voz. Tú hiciste un esfuerzo por articular alguna palabra y entonces un enorme grito brotó  de tu garganta y salió por tus labios. Aquel sonido retumbó en toda la estancia. Una figura corrió avanzando hacia ti.

-¿Qué te ocurre?, ¿estás bien?

-Pero yo te conozco. –Lograste decir. No estabas segura en cuál de las situaciones conocías a aquel hombre. Pero recordabas su cara y su voz. ¿Pero quién era? No lo sabías.

-Yo te conozco. -Volviste a decir con tu enérgica voz, como suplicando una explicación a estos hechos tan extraños.

El pequeño hombre te miro de una forma capciosa y desconsiderada. Una fina sonrisa se perfilo en sus labios mientras  tú lo observabas.

-¿Quién es usted? –Volviste a preguntar otra vez de forma insistente, mientras el hombre solamente perfilaba esa pérfida sonrisa.

De repente ves en sus manos una jeringa de plástico, la sujeta de una manera muy particular, amenazante y distraídamente dirigiéndola hasta tu rostro. Estas asustada por qué no sabes en donde te encuentras y porque ese pequeño hombre te tiene atemorizada. No sabes que quiere hacer con esa jeringa y tampoco sabias a que vida te pertenecía.

Despertaste en una habitación totalmente blanca. Una cama como único mobiliario. Estabas atada, recordabas vagamente los sucesos de los días anteriores. Aquel hombre que te atormentaba sin contestar, aquella jeringa amenazante, el derrumbe de tus mundos.

¿Te abrían descubierto?  Quien eres en realidad.

 

Publicado en Relatos cortos | Deja un comentario

Una nueva mujer

Llegaste hacia las siete de la tarde al aeropuerto de Lisboa. Estabas exultante, pletórica. Tus obligaciones se habían aligerado y formaban parte de un pasado liviano; pero no olvidado. Ya no tenias prisión para tus sentimientos, poco a poco tu corazón se está cicatrizando.

La tarde era fresca cuando estabas preparando todo para marcharte, veías la playa  por la ventana y recordabas  las intensas semanas que acababas de vivir. Con una sonrisa y con la serenidad suficiente en tu semblante para enfrentarte a tus miedos a tu trabajo. Veías como aquella celda desaparecía y recordabas como habías empezado a enfrentarte ante aquellas páginas en blanco.

Estas páginas significaban el reencuentro con tu pasado. Cada una de las palabras que escribías pesaba como una losa de piedra en tu corazón que arrastras por los folios en blanco como si estuvieras construyendo el relato de tu vida, de tus recelos.  Aquellas mañana habías decidido comenzar a relatarlos, decidiste que había llegado el momento de enfrentarte a ellos.

Frente al papel en blanco tus ojos daban forma a múltiples paisajes llenos de metáforas y situaciones. Desde tu llegada a aquel lugar, tu vida estaba cambiando, sabías que tenías que ser tu misma la que llenases con esas pesadas palabras,  esos espacios en blanco que formaba  la llave que liberaría tu corazón. Poco a poco tus miedos se acercan, mientras unas lágrimas caen por tus mejillas. Dolorosas escenas transformadas en palabras, frases pesadas que llenan párrafos y situaciones densas que redimen tu cuerpo mientras te trasformas en una mujer nueva.

Aquí estas con cada nuevo vocablo, moviendo pesadas evocaciones hasta el lugar exacto de tu corazón. Recuerdos de infancia, de juventud y de madurez. Reminiscencias recordadas con dolor y sufrimiento que como ave fénix renace en una mujer nueva, llena de vida.

Comienzas escribiendo del mar, tus recuerdos y los deseos de sumergirte en sus aguas y nadar libremente como si describieras a un amante, como si el líquido elemento te liberara de tus ataduras y permitiera a tu cuerpo sentirse libre.

Recuerdas como te sentías  en aquellas tardes, atada a tus sufrimientos que con entrega y determinación pudiste superar. Tus palabras dulces y difíciles pesaban y dolían a la vez, pero que una vez escritas se convertían en algo liviano, puras palabras celestiales.
Describías esos momentos con dudas, pero a la vez con fuerza, como si te deslizaras por una montaña y dominaras a la naturaleza con un baile armonioso y rítmico. Aquellos piolets te permitían deslizarte con suavidad por las páginas en  blanco de tu vida y sacar poco a poco  a la luz aquellos temores que te permitirían renacer en una mujer nueva.  Con la agilidad suficiente como para sortear todos los obstáculos y con la determinación de llegar a la meta.

Aquellas páginas al fin fueron cubriéndose de palabras y frases; metáforas que forman un relato, tu relato. Así redimida de tus turbaciones y dispuesta a volver a ver tu mundo de una forma nueva, sencilla pero con la energía suficiente para demostrar que había nacido una mujer nueva.

Publicado en Relatos cortos | Deja un comentario